sábado, 28 de diciembre de 2013

DUELO

Dicen que el duelo, el dolor intenso y obstativo que se experimenta por la pérdida de un ser querido, dura dos años. Digo yo, que más me dedico a estudiar otras materias o a no estudiar nada, que dependerá del grado de relación que se tuviera con aquel y, no quiero frivolizar demasiado, pero no será lo mismo perder a un conocido que a un hijo, un hermano, la pareja o la madre. Parece que me refiero a la relación de consanguinidad, pero todavía más a la "relación real": al espacio temporal y emocional que esa persona ocupaba en tu vida tanto como tú en la suya, que como éstas cosas no sean recíprocas… Vale la pena preguntarse "cómo de importante terminará siendo para ti aquel para el que tú resultes no estar siendo tan importante", eso, ya te lo digo yo, no se sostiene ni acaba bien.

“No hay mal que cien años dure”, “ni cuerpo que lo resista”, ya estaba tardando Sancho Panza con sus refranes en hacer su aparición. Cuando alguien se ahoga en el dolor le parece que no saldrá nunca, es mentira, pero eso no lo sabes cuando estás allí, tu dolor no se parece al de los otros, "no lo hay más real ni más punzante que el tuyo". También habrá quien se instale o perezca allí "de manera patológica, personas que no logran reengancharse a la rueda de la vida, esa vida que continua sin esperar a nadie". Individuos sin fuerzas, propias y ajenas, sin ayuda o lo contrario (ayudados a sufrir), sin objetivos ni esperanza o, lo que parece peor si teniéndolas delante no las ven o las desprecian. Mal asunto ese de morir en vida.

No sé qué duela más, perder a alguien que no está ni para ti ni para nadie cuando te lo arrebata la enfermedad o la muerte, o perderlo exclusivamente tú, por haberse marchado a otro lugar, por haberte despreciado, olvidado, haberse evadido o evaporado de tu mundo, del mundo que compartíais y construíais juntos. Cómo hacer desaparecer un "duelo discutible", el duelo que pudiera desafiarse con una llamada telefónica, un mail, una conversación o una visita.

En ese caso no es el duelo entonces el que tendría que ausentarse, el dolor por una pérdida irreparable, sino el sentimiento por alguien "recuperable". Claro, también hay estudios sobre eso, sobre lo que tardan en olvidarse las parejas que se rompen, incluso queriéndose, ¿las habrá?, parejas que se quieren inadecuadamente, irrecíprocamente: mal? ¿se puede querer mal?... que interesante tema para otra reflexión bajo la almohada.

lunes, 2 de septiembre de 2013


—“Te quiero”

…me dice, y lo tengo al teléfono, ¿qué será lo que quiere decir y qué esperará que conteste? suerte que tengo cierta habilidad para parar el tiempo, de otra manera se impacientaría al otro lado pensando que se ha cortado la línea, me he quedado sin palabras, me he distraído en el peor momento o me ha incomodado su afirmación.


¿Debería decirle “yo también”, que es lo que se acostumbra? Cuando uno dice justo “lo que se acostumbra” es como si no estuviera diciendo nada, ¿no os suenan las conversaciones calcadas, las estereotípicas, las de rigor?: “¿Cómo estás?, bien ¿y la familia?, bien ¿y la tuya?, bien también ¿y el trabajo?, ni te cuento… Para eso es mejor ni preguntar, ni decir nada, y hacer como en los pueblos, un ligero movimiento de cabeza para ahorrarte hipocresías absurdas; preguntas que en realidad no te hacen, respuestas que no te dan, información hueca que es absolutamente nada lo que aporta.


¿Se referirá al “te quiero” romántico de Gustavo Adolfo Bécquer? a saber si ha leído algo suyo, ¿al de los amantes de Teruel, al de Romeo y Julieta, al de la trucha y el trucho, que también se querían mucho…? ¿Es un te quiero por si no te habías dado cuenta, te quiero aunque no lo parezca, aunque de la conversación previa o de la vida en curso no pudiera deducirse; a pesar de todo, de lo dicho y de lo vivido, te quiero?, ¿o será más bien retórico porque de sobra se nota que te quiero desde el momento que te he llamado, o por la manera en que me coges el teléfono, por lo disponible que estás siempre para mi, por el modo en que te miro cuando no me ves, te pienso cuando no estás o de ti hablo cuando no me oyes…?


¿Te quiero como una orden: “(¡aquí!) te quiero” en tal sitio y a tal hora, o donde quiera que vayas porque allí contigo iré”, como una imposición entonces; como quiere una sombra, un vigilante al que vigila, un guardián al que guarda, un cuidador al que cuida…? ¿Como un sentir exclusivo “(yo sí que) te quiero” y no aquella o aquel?, ¿(Sólo para mí) “te quiero”? que tengo del amor prerrogativa como si solo yo supiera querer. ¿“Como tu padre y tu madre te quiero, y tus hermanos y tus amigos…tanto como todos ellos juntos y más…”? “¡quieto, quieto!, ¿dónde vas? no fueras a reventar de tanto amor que me dispensas, si más que amor es vendaval (guarda algo de pasión para otros menest-seres, corazón).


¿Te quiero como ayer, como el mes pasado, como el día en que te conocí, como “siempre” te querré (qué aburrido)? ¿te quiero como la cotización diaria del sentimiento?, ¿como una revalida, como un plebiscito, como una elección ganada? (hoy he cumplido, he estado a la altura que aún soy digno de su amor); ¿te quiero a ti y a “nadie más”, a ti como jamás a nadie he querido? (cuidado no se te vaya a dar bien). Te quiero como solo yo alcanzo a querer, como sólo tú puedes ser querido (“porque somos el uno para el otro” debe ser). Te quiero en la distancia, en el tiempo, desde el alba hasta el anochecer… ¿cómo será que me quiere este bonico? (qué agotador parece) ¿y quién puede medir eso, el sentimiento?


Podría decirle “ya lo sé”, pero qué presuntuoso sonaría, aunque fuese el mejor síntoma de que me está queriendo bien. “Gracias” podría decirle, como si fuese el cambio de un billete lo que me estuviese entregando con su palabras; “te quiero, gracias, de nada, a mandar…” “Yo también” no puedo decirle, por lo expuesto arriba y porque su sentimiento es suyo y el mío será el mío, y siendo por fuerza distintos tendría que decirle: “te quiero yo a mi vez”… pero qué manía, que “te quiero” no es pregunta, es afirmación, de otra manera habría dicho: “¿me quieres?”.

Y llegué a lo que diré: “ya me había dado cuenta, tontito, qué suerte tienes al querer, casi más que si te quieren, pues querer es para el que lo hace un sentimiento cierto y conocido, mientras que que te quieran puede pasar gravemente inadvertido cuando no se sabe ver…” pero como es largo y pretencioso, suspiraré, eso siempre sorprende y funciona y le diré simplemente:
“¡Qué bien!”



—…“¡Cariño!…, ¡cariño!, (se ha cortado, o me ha colgado, ¿a ver si es que llevo diez minutos hablando en voz alta?)
Oye, cielo, qué te pasa, ¿te enfadas?, ¿que qué me he creído?, oye… que sí, tonto…:


“que yo también te quiero”.

Qué alentador pero qué inquietante al mismo tiempo eso de saber que ganamos una carrera de espermatozoides a millones de aspirantes como nosotros. Millones recorriendo un conducto vaginal lleno de peligros y sustancias asesinas. Tantas posibilidades frustradas, tantos fieros contrincantes, la mayoría, ¡cómo la mayoría! todos menos uno, todos menos tú, convertidos en nada, en material pringoso de deshecho.

En los momentos bajos siente uno curiosidad por conocer el papel que hubiesen hecho con “esta vida” todo el resto de hermanitos espermatozoides. Porque esa es la cuestión:
—¿Estamos esperando turno para nacer y cualquier esperma nos vale?, bien entendido que de haber montado yo en uno anterior o posterior hubiese podido nacer en Bangladesh, Connecticut o Burkina Faso.
—¿O somos ese esperma en concreto con toda su información genética a mezclar caprichosamente con el exquisito ovulo de la mamá…? No es lo mismo; ¿cuál sería la información que llevasen mis hermanitos fallidos? mira si no los hermanos de verdad, el que los tenga, lo mucho que llegan a diferenciarse de ti a todos los niveles. Se me ocurre ahora que puede que el esperma victorioso sea el que más corre por ir más ligero de peso que los otros, de ideas para después, de grandes preocupaciones, responsabilidades y proyectos, que así estamos tú y yo de inocurrentes.
A la Vida, a Dios, a la Naturaleza, a la casualidad o a todos ellos se les antojó que tú vinieses a este mundo, tú y no el de al lado ni el de atrás, esos cabezones lustrosos que te rodeaban por doquier. Es apasionante.

Tiene su importancia la pregunta de arriba, porque si somos el esperma asociado con el óvulo, y nada más que eso, desapareceremos cuando muramos, en cambio “si nos montamos en su momento” en aquel esperma vencedor que nos habilitaba a la vida quién dice que no podamos abandonar la nave cuando casque. Yo en principio prefiero lo segundo, por seguir compitiendo, o participando en la carrera. La más difícil de todas la ganamos tú yo sin ser conscientes, a ver ésta y las siguientes cómo lo hacemos con el afán que tenemos ahora de controlarlo todo.
Va a ser mejor dejarse llevar como “el día de la fecundación”. Tirar “palante” a toda pastilla sin mirar atrás.
Así que os dejo temporalmente, voy a tirar “palante” con mi vida, me traslado de casa y estaré menos pendiente de las nuevas tecnologías, que sinceramente a veces se hace necesario. No es un “hasta siempre” sino un “hasta pronto”. Mientras tanto sed felices, intentad sonreír con naturalidad y no dejéis nunca de querer a todos los que os quieren y os importan. La vida son cuatro días y debemos disfrutarla con los que se merecen que la compartamos con ellos… así que el que esté dispuesto a compartir un pedacito de él conmigo ya sabéis. Os despido con una instantánea veraniega, me he tomado los “deberes” al pie de la letra y me voy a comenzar a disfrutar. Fino al più presto.
Si una mañana te levantaras amnésico ¿quién te recordaría cómo eres? ¿Sabría alguien decirte en qué consistes? ¿sabes ahora en qué consistes tú y los que te rodean? ¿Observamos mejor a los de fuera que a nosotros mismos?... es una perspectiva muy diferente. De los demás solo vemos lo que dicen y como se comportan, que a veces hasta coincide, de nosotros, por contra, lo que más vemos son las intenciones casi siempre buenas, las palabras que decimos y las que callamos, nuestras acciones y las omisiones; ni los más observadores podrán estar seguros de si dejamos de actuar por ignorancia, desidia, torpeza o a propio intento, ¿veis qué difícil?

¿Cómo podríamos hacer una copia de seguridad de lo que hoy somos (y la referencia de lo que podríamos llegar a ser, esa dónde estará) y dónde la guardaríamos? Si la naturaleza no nos lo ha facilitado es porque no nos hace falta, “aunque en caso de necesidad quizá tú pudieras recordarme cómo era en mi mejor versión”. Cuánto cambiamos a lo largo del tiempo y las experiencias, cuánto llega a cincelarnos el contexto en que vivimos, el trabajo que desempeñamos, las personas con las que nos relacionamos que puede que al cabo de los años no nos reconozca ni la madre que nos parió.

O no te han dicho alguna vez “me gustabas más antes, antes eras más cariños@, más ordenad@, más racional o más concienzud@”… o “cuánto has mejorado en esto o en aquello”… o “tú no eres así”… Fijaos cuánto margen de “movimiento” en un sentido o en otro.

Por qué versión de ti mismo estarás, ¿la 3.5, la 4.2? cuando cambia el primer número es que se pretende un buen salto de versión con mejoras significativas, ya si le cambian el nombre olvídate. ¿Somos capaces de reconocernos siempre que miramos hacia atrás en nuestra biografía? ¿es mejor o peor que así sea?

¿Cuánto de mí hay en ti y viceversa? ¿Sabría decirte quién eres si te “pierdes”?, ¿te ayudo de alguna manera a ser como eres, tengo algo que ver en ello? ¿estoy en “condición” y en “disposición” de ayudarte a recuperar tu esencia caso de hacerte falta? ¿Has oído hablar del refuerzo positivo? o tan igual nos dan los giros del prójimo siempre que no nos salpiquen…

Miro hacia atrás sin alejarme tanto y aprecio cambios significativos que no parecen importar a nadie; costumbres, obsesiones, actividades… Nadie las echa de menos, ni de más. Una mañana de estas podría ser otra y nadie se daría cuenta.
Yo pensé que solo les pasaba a los “gremlins”, eso de que se convertían en monstruos cuando les dabas de comer después de las 12 de la noche, o los mojabas y no sé qué otra cosa más. Pero les pasa también a las personas, o a algunos “gremlins” entonces que tienen aspecto de personas.

En la película estaba claro qué era lo que no tenías que hacer, en la vida real la cosa cambia, es mucho peor porque cada gremlin tiene sus propias instrucciones y, te lo digo desde ya, antes o después meterás la pata, u ocurrirá algo en lo que no tengas tú nada que ver, que hará que el dulce “Gizmo” desaparezca para siempre.

Parece que digo tonterías pero no. Todos somos muy dulces hasta que nos ponen a prueba. Una amiga mía decía querer tanto a “nosequién” “que no había nada que éste pudiera hacer o dejar de hacer que le empujase a quererle menos”, o era él el que lo decía de ella, o era una canción que interpretaban a dúo. Era una afirmación grandilocuente de esas “como plastificadas” que no se dejan analizar. Son mentira. Ese o esa que dice quererte como no ha querido a nadie en su vida, ese o esa que se atreve a decir que te querrá más allá de la muerte, para empezar lo más probable es que sea de Despeñaperros para abajo y lea libros de autoayuda sin descanso. Estas afirmaciones no pueden hacerse fuera de una pantalla de cine, ni sin música de fondo (si van a ser mentira). Tampoco puedes hacer a tu amigo o amiga a tal punto irresponsable o in-acreedor de tu cariño. Es una afirmación hiperbólica; a tu amigo le quieres tantísimo porque él, como mínimo, “afirma” quererte otro tanto…


Perdón, me estoy liando un poco, o aliviando, vete tú a saber. ¿Tendremos todos, que parecemos tan iguales, un resorte o más que nos vuelva “del revés”?

Es fácil decir que no, pero puede que no sea cierto. Tengo yo unos vecinos que no me dirigen la palabra, ni me saludan por la calle o por el vecindario desde hace años. Antes comíamos juntos en su casa o en la mía. Créeme, les mandé un mensaje por equivocación una nochevieja(?) que debieron interpretar de la peor manera posible, te garantizo que una amenaza de muerte no era, y se acabó, ni hubo manera de hablarlo ni de arreglarlo, me convertí en un monstruo yo, o ellos.

Es parecido a eso de “te quiero, te quiero hasta que te odie”, que es absurdo de suyo, será que no me querías tanto. Me confundo. Ya te dije hace poco que el odio es el reverso del amor, la persona “te sigue importando” pero para maldecirla, qué horror.

No puede ser. ¿Tantas costuras tendremos, tantos botones ocultos, tantas instrucciones tan complicadas? Si es así, lo que a mí me pide el cuerpo es complicarte la vida desde el principio. “No quiero quererte tanto que no tenga más remedio que odiarte después, cuando me maltrates o me ignores o lo haga yo”. No me va a quedar más remedio que respetar a aquellos que no se abren o no se dan o no del todo, que me han repugnado siempre.

Si tienes contraindicaciones de las graves trata de saberlo y de buscar el antídoto, que una cosa es rugir, rabiar, ofenderse y soltar por esa boca, y otra muy distinta esa “metamorfosis” que te hace abandonar la forma humana para convertirte en un monstruo, en “otro”, en un auténtico desconocido.

sábado, 22 de junio de 2013

Hablando de mirar podríamos referirnos a la manera de observar no sólo el rostro de alguien cuando conversas con él, sino cómo transcurre la vida en sus múltiples escenarios. Ya sólo si atendiésemos al mundo físico daría para un sinfín de consideraciones, pero si lo ampliásemos a espacios intangibles podríamos estar mucho tiempo enredados aquí, y no sería tampoco una pérdida de tiempo.

Introduce a dos personas en una habitación, o muéstrales el mismo objeto, que no lo miraran igual; ni lo sentirán, ni lo describirán de la misma manera. ¿Será cierto que los ojos conectan con el alma y es ésta la que interpreta los estímulos que entran por “sus ventanas”? El alma más que el cerebro, que en todos es parecido.

Hay quien mira y no ve, pero hay quien además de mirar observa o analiza, escruta, interpreta, relaciona. Lo hacemos un poco todos, mas no con la misma intensidad, ni la misma conciencia, y es una suerte que sea así, que uniendo todas las miradas quizá lográsemos captar “la realidad” con todos sus matices. Cuántos perciben un detalle insidioso o minúsculo, que casi nadie ve, y sin embargo “tropiezan” con lo que está a la vista de todos.

Hay quien mira un paisaje y decide pintarlo, otro lo fotografía, otro lo hace poema, hay quien lo ignora, pensando en otras cosas, habrá quien se tumbe para merendar, otro pondrá una cerca pensando en quedárselo o especular con él… qué variedad tan inquietante en “la manera de mirar”.

Todos recibimos el estímulo en la retina que invariablemente quedará fijado en el cerebro; en “el baúl inagotable de todo aquello que se ha visto”. No todo se almacena ahí, hay otros baúles de más fácil acceso y algunos que quisiéramos no abrir jamás, pero no somos completamente dueños de eso; no cuando dormimos y es el sueño el que manda y pulula por ahí dentro revolviéndolo todo, no cuando un shock, un golpe, un trauma, una obsesión o una pena los rebusca o vuelca “sin preguntar”…

Quizá por suerte, pudiendo serlo, no somos como “Funes el memorioso” del breve relato de Borges; un muchacho algo extraño de siempre que al resbalar y golpearse en la cabeza experimenta un cambio prodigioso en su mente y comienza a tomar “conciencia” de todo aquello que ve, y es tanta la información que apenas necesita abrir los ojos o levantarse de su cama para “seguir viendo y viviendo”, pues ha existido ya lo suficiente para recordarlo y relacionarlo todo hasta la eternidad.

¿Quién querría ser así? yo no. Prefiero ser “más limitada” y seguir observando antiguos y nuevos paisajes, objetos, experiencias y personas…, dando, precisamente, palos de ciego a menudo, “tocando como ellos los rostros” para reconocerlos, tropezando alguna vez y golpeándome la cabeza; unas veces para recordar, otras para olvidar y las más de ellas para levantarme como si tal cosa, o quedarme dormida un buen rato y levantarme, renovadas las fuerzas, con las ganas de seguir mirando a la vida directamente a los ojos.

viernes, 21 de junio de 2013

Qué valdrá más: ¿una realidad discreta o un buen sueño? Quién dijo que los sueños puedan o hayan de convertirse en realidad y a qué sueños nos estaremos refiriendo. Yo lo sé, a aquellos que tenemos “con los ojos abiertos”. Vuelve a presentársenos aquí un problema conceptual y terminológico si denominamos sueños a las ensoñaciones, a la proyección de nuestros deseos, la pura idealización, los cálculos, previsiones, ilusiones y fantasías… Qué rico es el castellano pero qué confuso también. Estoy segura de poder hacer una clasificación conforme a “la verosimilitud” de cada uno de esos términos. Lo que pasa es que se nos mezclan caprichosamente en la cabeza con la burda realidad haciéndonosla más vivible en cantidades tan irregulares a veces que perdemos de vista el suelo o el cielo.

“Algunos sueños solo quieren ser sueños y ocurrir cuando dormimos” que es cuando menos molesta nuestro pretencioso “yo consciente”. Así pasa que aparecemos en cualquier sitio y volamos o nadamos sin salir a la superficie, y cantamos como los ángeles, y nos quieren, nos rodean, nos aman… uy, hasta el punto de aparecer húmedos de felicidad por la mañana, qué gusto, y qué prueba de que “por lo menos el sueño sí ocurrió”.

Por qué será que vivimos tan intensamente algunos sueños mientras otros, la mayoría en mi caso, ni siquiera los recordamos, pues los especialistas dicen que soñar soñamos siempre. Por qué algunos son tan coherentes pero otros tan absurdos, ininteligibles o desagradables. Qué poco control tenemos sobre el subconsciente, nuestra versión más loca, más atrevida, más tétrica, más miedosa, más creativa, más sutil y más terca.

Eso le decía a un conocido esta mañana, alguien de quien no sé nada hace tiempo me comentaba que está preparándose para trabajar en algo que le gusta aunque no será la “ocupación de sus sueños”, a lo que yo he contestado casi con esta pequeña reflexión concentrada: “Los sueños están bien con los ojos cerrados, por la noche y sobre la cama, la vida muchas veces parece peor pero está más lograda en cuanto a sensaciones, ¿no crees?”

No me ha contestado todavía pero tampoco hace falta. Tienen muy buena prensa los sueños, pues cada cual tiene los suyos, que son muy difíciles de transmitir tal y como uno los sueña, y tienden a compensar de vidas menos atractivas en las que nunca falta dolor, ansiedad, frustración, angustia y aburrimiento…, mezcladas, si hay suerte, con sus contrarias que no voy a mencionar ahora. Y todo ello dilatado en el tiempo; que “los sueños son de suyo cortos, pues despierta uno de ellos en cualquier momento y cuando menos falta hace”, pero la vida, a poco convencional que sea, está llena de horas muertas, de jornadas de transición entre un momento y otro de esos que por diferentes motivos se te graban ahí, quizá para soñarlos luego y hacerlos más grandes o más pequeños, o taparlos como sea para no volver a verlos.

Pellízcate, pellízcame (qué rico), que te lo estás perdiendo, el qué te preguntarás… no lo sé, no sé qué ves tú, ni qué sientes, te explicas tan poco y tan mal. A mí me estás perdiendo si te da por cerrar los ojos, los oídos o por mirar “a la nada” cuando estoy contigo o frente a ti. Te veo tan ocupado, tan entretenido, tan absorto, pero “en todo caso tan lejos de aquí, de éste instante cotidiano”, que me iré y ni cuenta te darás. Si no actúas, si no haces, ni dices nada, “eres parte de un paisaje del que prefiero despertar”.
Este cuadro representa a la perfección mi estado de ánimo y el de millones de ciudadanos de este mundo. Un grito intenso, desgarrado pero inaudible, por estar mezclado quizá con otros gritos u otros ruidos tanto más ensordecedores. El de la maquinaria del poder, pongo por caso, engullendo primero a los que hacen escándalo no sea que desmanden o, lo que es peor, despierten a la manada.

Lo representa por muchas razones: mirad qué solo está, el nulo caso le hacen, lo poco que se le oye y pese a todo lo valioso que resulta. La potencia expresiva es innegable, pero bueno en términos de técnica pictórica si estoy dispuesta a rebatir que lo sea; si no pintas como Velázquez ya se sabe que vas tirando hacia el abstracto. El autor, según las crónicas, pintó cuatro (qué tiempo y qué pintura tan bien invertidos) dos de los cuales siguen al día de hoy en paradero desconocido, es el cuadro más robado de la historia. Estos delincuentes tanto como para robar parecen tener olfato para el arte, porque atinaron con el que justamente hoy pasa por ser el lienzo mejor pagado de la historia.


Se conoce que en una subasta muy exclusiva, siete compradores tan solo (se me complicó a mí la cosa a última hora), alguno de los cuales no podían permitírselo desde un principio, ya te lo digo yo, que los ricos son muy de aparentar; seguro que a duras penas llegaban a 80 ridículos millones para gastarse, a la hora de la verdad quedaron solo dos, cuentan que pujaban por teléfono y mentando seguramente (con el auricular tapado) a los ancestros del otro, ¿os lo imagináis? subiendo la puja de diez en diez (millones) pensando “¡pero si a ti tampoco te gusta, melón!, ¡no ves que está pintado con ceras Manley y pinturas de Alpino!…

En este magnífico sistema capitalista nuestro ya no se sabe lo que valen las cosas per se, pues terminan valiendo lo que alguien que pueda permitírselo esté dispuesto a pagar por ellas. A la gente modesta lo único que nos queda es que nadie nos diga lo que es bueno y lo que no por más caro que lo vendan. Desde que me comencé a interesar por el arte me fijé en ese cuadro y me gustó en su día, ahora me doy cuenta de que debió gustarme aún más; ¿qué voy a toparme desde entonces y desde ahora en adelante más valioso que eso? Me lo he puesto fácil: el sol, el aire que respiro, mi propia capacidad de imaginar que si me topase en la calle uno de los ejemplares robados quizá no le encontrase pared en mi casa para colgarlo, hasta yo soy más valiosa (por lo menos para mí misma) y cualquier otro ser humano en tres dimensiones y con mejores pulmones que el calvo conceptual que se ve allí espantao.


Quién será ese ser o ese señor. Ahora decido que pudiera ser cualquiera de nosotros clamando por justicia, por la paz, por un poco más de cordura. Como una gran alegoría de lo que viene pasando hace tanto. No sería de extrañar que los ricos, a los que a la hora de la verdad el arte les deja fríos, hubiesen hecho un fondo para ir comprando los gritos de la gente, de la gente que no puede más, cuesten lo que cuesten. Pero para cualquier cosa menos para exponerlos a vista de todos como ocurre en los museos. Ese grito deben haberlo comprado para guardarlo, para sacarlo de la circulación y silenciarlo. Quizá si gritáramos todos ya no pudieran comprar ni sofocar a tantos.

Hoy “el grito” se ha puesto por las nubes, con suerte habrá subido tan alto que se oiga hasta en el cielo.
Se dice de los gatos que tienen siete vidas, no es cierto, lo que pasa es que ese gato que debería haber muerto y vive es otro que se le parece tanto que no hay quien los distinga. Es propio de los felinos ser ágiles y flexibles, saben caer los condenados desde alturas de las que otros animales incluso más racionales no saldríamos vivos.


¿Cuántas vidas tienes tú? ¿Cuántas has vivido ya? No me entiendes. ¿Cuántas veces te has reinventado, reseteado, indultado, cuántas “revivido” o “resucitado”? (que es diferente y ahora lo explicaré). Nunca necesitarás tal cosa si a lo que te dedicas es a evitar “vivir”, que es saltar al vacío en momentos cruciales. Todos aquellos que viven sin “mojarse” son los que se ocultan cuando “amenaza tormenta”, imagínate cuando llueve y, desde luego, jamás cruzarán un río… Para eso casi mejor no haber aparecido o llegado hasta aquí, pero allá tú, eres muy dueño, aunque no lo parezca, querido, pues lo que parece precisamente es que vives tal y como cualquier otro vivió; siguiendo sus pasos, sus temores, sus miedos, sus taras, en sus límites… La vida de otro vives, o con otro viviendo tu vida ahí dentro.


Nuestra existencia recuerda a los juegos de plataforma, como el Mario Bross, en el que vas avanzando, sorteando dificultades hasta pasar al siguiente nivel. La vida bien pudiera ser un nivel completo, lo sabremos cuando muramos, solo que difícilmente podamos comentarlo. O estar toda ella llena de niveles, algunos objetivos: la infancia, la adolescencia, la juventud, la madurez… y otros subjetivos: niveles horizontales de experiencia y niveles verticales de conciencia o consciencia, por si fueran conceptos distintos, para aquellos que relacionan conciencia con moral… En el juego el bueno de Mario se estrella o se quema o lo matan y ahí le tienes otra vez surgiendo como de la nada para volver a la carga. “Cuanto más practicas menos mueres, menos tardas en llegar a tu destino”, salvo cuando lo abandonas para descansar o por puro aburrimiento.


Pero y en ésta que vivimos ¿cuántas “vidas” tendremos, amigo mío?, ¿cuántas necesitas? Algunos con una tendrán de sobra, ¿qué precipicios puede haber de casa al trabajo, del trabajo a casa y tiro porque me toca? es como Mario dando vueltas a un seto; “vivirás siempre pero sin llegar a ningún sitio”. Si no peleas tampoco vences, ni conquistas, ni avanzas, si no amas tampoco odiarás, ni te odiarán, ni te querrán. Pasarás “sin pena ni gloria”, ¿no te suena?


Es más fácil renacer o simplemente “mudarse” y vivir en un contexto nuevo que ese en el que ya te han visto agonizar y hasta pudrirte. Pongo como ejemplo los testigos protegidos de las películas americanas a los que les dan una nueva identidad, otro nombre y una casa a estrenar en un Estado distinto. Pero no vayamos a America sino aquí, a una provincia, incluso un barrio distinto a vivir; cambiando de trabajo, de negocio, rodeado de vecinos y compañeros que no te conocen… Cuántas oportunidades como esa tendremos, cómo estar seguros de que alguien de esas vidas anteriores “no resueltas” no venga a descubrirnos, delatarnos o “matarnos”. Escucha bien: todo aquello que no se resuelve te persigue y, en algunos casos, no te deja vivir.


Quiero decir, si hiciste daño a tu amigo o amigos, qué tentación la de alejarte de ellos y cambiarlos por otros. Si fue a tu novio, a tu novia, a tu mujer, cambiémosla también. Como el soldado que llevaba el pie cambiado pero afirmaba que eran todos los otros los que estaban equivocados. “¿Cómo puedes parecer todavía tan interesante y poner esa cara de buen@, no has aprendido nada?” entonces pobre de ti y de ellos, de todos lo que llegaran no digo a quererte sino a tener siquiera un poco que ver contigo. Una pizca de veneno contamina cantidades enormes de agua.

Verdaderamente resucitamos cuando después de “reventar”, como cada vez que muere el gato, resurgimos en el mismo contexto, rodeados de los mismos que quizá no lleguen a perdonarnos o terminarnos de entender jamás… Así es. Me refiero a esas situaciones en las que fuiste descubierto con las manos en la masa, te pillaron in fraganti y te “condenaron”; fracasaste, hiciste daño, mucho daño, engañaste, delinquiste, abusaste, te equivocaste… qué se yo, sabes a qué me refiero. Lo fácil sería irse a otro lugar, lo difícil, el reto casi imposible pero más hermoso es el de resucitar, responder y reparar los daños. “Volver” allí para demostrarte y demostrar que aprendiste de tu error, que eres mejor, que eres una mejor versión de ti mismo. No te castigues, quizá caíste por asumir más riesgos, no te avergüences de eso, de haberlo intentado, de haber intentado vivir.

Es más valiosa esta resurrección que la “misma vida en un nuevo contexto vital” donde puedas “seguir” engañando a quienes no te conocen hasta que los defraudes o los destruyas, engañándote a ti mismo como solías, sin crecer, sin morir para pasar al siguiente nivel.


Si siempre empiezas de cero no llegarás jamás.

Qué divertido resulta tomar conciencia de todo lo obvio. Supone mirar la realidad circundante con la frescura de la primera vez. Tendemos a ignorar lo que está siempre ante nosotros y, como si dispusiéramos de rayos x, miramos “dentro” de las personas, por ejemplo, tratando de adivinar sus intenciones y sentimientos, y “a través” de ellas cuando no nos interesan o como si no nos interesasen, buscando quién sabe qué pero sin movernos tampoco mucho del sitio.


A qué obviedad me querré referir: ¡El cuerpo de los demás!, incluido el mío, aparte de para desearlo, acariciarlo y abrazarlo… todo ello idealmente o parte por lo menos (que ya habrá a quien no le toquen nunca si lo pueden evitar) lo que nos sirve es para saber donde está cada quien y es maravilloso.

Yo me obstino en afirmar que nuestro cuerpo “nos” transporta, que es un vehículo, y no me cuesta ningún trabajo imaginar que en el futuro “nuestro” ser podrá trasladarse a otro distinto; uno robótico, biónico, clonado o qué se yo. Tú y yo nos lo vamos a perder pero mientras tanto, vaya eso a ser cierto o no, podemos hablar de la relación que mantenemos con el que tenemos ahora y el de los demás.

¿Cuánto nos influye el aspecto de los otros? a mí mucho siendo sincera, pero a ti también. Tendemos a relacionarnos generacionalmente, lo que no quiere decir que no se den excepciones todo el tiempo. El aspecto de quienes nos rodean nos indica su edad, su condición social, su genética, su atractivo, su personalidad… Me obstino tanto como en lo que acabo de decir en la idea conocida de que las relaciones interpersonales están muy sexualizadas y que hay un juego inmanente de seducción y de competencia por el más atractivo, tanto como una disposición en el grupo en función de estos parámetros.

Como si fuésemos a intercambiarnos sexualmente con todos o muchos de aquellos con los que nos relacionamos, ¡claro que no! Tu cuerpo te sirve para relacionarte con el entorno; contemplarlo, olerlo, tocarlo, comerlo, transformarlo incluso y para deambular por ahí… para que yo te vea y sepa dónde estás. Somos energía, la energía me parece más democrática, más justa que el aspecto de las personas. Así pasa o debería pasar que alguien entra en una habitación y el ambiente cambia, no te digo nada si a eso le añades su gestualidad y ¡la voz! Cada una de estas cosas nos hace inconfundibles, somos (para los demás) paisaje o decorado en movimiento.

Hay personas tan especiales que solo pensar en ellas nos alegra la vida, hablar de ellas se la alegra a otros, escuchar su voz nos remueve y ya si aparecen… ¿Veis a lo que me refiero?
Me preocupa ligeramente la última idea que queda flotando en el aire cuando dejo de escribir una temporada. Si no volviera a escribir más haría las veces de epitafio. “Mira, dejó de escribir porque dejó de amar”… tiene sentido. Escribir y publicar, que para mí son la misma cosa, requieren de un impulso parecido al que el amor proporciona. A lo mejor me desenamoré de vosotros. ¿Y os extraña? ¿Os preocupa? por supuesto que no, y me alegro.


Qué sabemos del amor… no sabemos nada, y lo que vamos aprendiendo llega la persona menos esperada que te lo desmonta con insultante facilidad. Con lo que te costó a ti aprender aquello, día a día, tío a tío, experiencia tras experiencia intoxicándote con los polvos del camino, en el camino o en el hotelito de al lado del camino. Vaya, yo quería hacer una reflexión profunda y no voy a poder.

Es preferible hablar del desamor. Si la experiencia es la madre de la ciencia de eso sabemos todos mucho porque mira que duele que vayan dejando de amarnos, o despreciándonos, o ignorándonos (eso puede que sea peor) que prendándose de nuestro ser y su armadura. Desamar a alguien será como mínimo dejar de amarlo; desamor como desafecto, desinterés, desconexión. Cuando amabas (que es un estado según dicen los entendidos parecido a una enfermedad, una fiebre o un estado de “hipoteca” mental transitoria; bien dicho esta “hipoteca” como el acto de meterse o de sorprenderse dentro del otro, en su vida, en su contexto, en sus cosas, sus sentimientos e ilusiones) pensabas: “¿dónde estará, con quién, qué estará haciendo, estará bien, pensando en mí, escribiéndome…?, y recuerdas la última vez que le viste y la anterior y la próxima y el viajecito previsto…” qué tierno resultará si eres correspondido, como cuando dices: “te quiero” y te contestan “yo más”, “yo mucho más”, “cuelga tú”, “no tú…”

Suerte (no creo que sea ninguna suerte, de hecho de todos los dolores que he sentido éste es el más intenso) que desenamorarse será sinónimo de “deshipotecarse”, de volver a tus trincheras. No confundir con el odio, que dicen que está a un paso del amor y puede que sea la más fea de sus caras, la pasión pero empeñada en hacer daño en lugar del bien, porque sigues pensando constantemente en el otro pero para cagarte en su madre (pobrecilla la madre, qué culpa tendrá la mujer). Dejemos eso para otro capítulo. ¿Me desenamoro como un verbo reflexivo, porque yo misma lo provoco? quizá pudiera forzarse como cualquier gesto o actitud… pero el desenamoramiento más duradero (que es a lo que tiende el desamor, al contrario que su opuesto) y de más garantía es el que ocurre solo, per se, sin que nadie le ayude o lo remedie. Ya no te acuerdas del otro, ya no te viene a la cabeza, ya te da igual lo que esté haciendo o con quién… Pero, ¿qué me decís cuando tienes que forzar a desenamorarte y tu mente no quiere y por tanto no lo haces?... Voy a dejar el tema porque esto me daría para otra laaaarga reflexión solo digo que, ¡buah! no le deseo a nadie que lo experimente, es horrible.

Y si todo esto no hay quien lo controle o lo remedie, qué somos, ¿víctimas del azar, del destino, de la inercia, el capricho y la sinrazón? ¿Haremos lo posible entonces para no volver confiar en el amor?


Tras varios días sigo buscando lo mismo: El silencio… Respirar, sentir y descansar. Todo lo demás, por ahora, es superfluo.


domingo, 26 de mayo de 2013


Cuántas tropelías se han cometido y se cometen en nombre de la inteligencia y la buena voluntad. Me preocupa enormemente la diferencia entre el ser y el deber ser. Es posible que me meta en un jardín con estas reflexiones, si fuera así, demostraría precisamente aquello de lo que quiero hablar. Que queriendo yo poner en claro alguna cosa quizá lo único que consiga es marear al lector y hacerte perder el tiempo. Dicen que el papel lo aguanta todo. ¿Y el ser humano, cuántas veces somos capaces de levantarnos después de caer tanto y tan abajo? ¿Y la naturaleza, de cuantas agresiones saldrá todavía indemne? No dejamos de equivocarnos, incluso sin intención, que de eso hablo, pero aquí seguimos, tan tranquilos… ha vuelto a salir el sol.

Dicen, yo veo que es cierto, que el individuo necesita hacer una interpretación del contexto en el que vive. No parece que los animales o los objetos, qué te voy a contar, lo necesiten y, sin embargo, ahí están. Qué ínfulas las del ser humano, queriendo sojuzgarlo todo, entenderlo todo. Construye grandes telescopios para ver hasta dónde llega el Universo y microscopios igual de grandes para ver hasta dónde las micropartículas, (luego miras las fotos que sacan y no distingues el micro del macro universo, por ejemplo la imagen de arriba, quizá parezcan cráteres lunares pero es la vista de un linfocito con un aumento de 10 elevado a -6, dicen que en el cuerpo humano hay cien veces más células que estrellas en nuestra galaxia, es desconcertante, acojona, ¿a qué si?), abre en canal a bichos y personas para curarlos, alguna vez, y para tratar de entenderlos. Después de tomar café y mirar muy concienzudamente hasta debajo de las alfombras por si algo le ha pasado desapercibido hace una oración a Dios, a Ala, a Buda, a una piedra o a sí mismo, por si las moscas. No me digáis que esto no es una “cosmovisión” en toda regla.

¿Y si nada tuviera sentido, y si no tuviera que tenerlo?, ¿podríamos con ello? ¿Por qué ocurren las cosas? ¿Será verdad lo del efecto mariposa, que un estornudo en Japón provoca un terremoto en la otra parte de mundo? ¿Será cierto que de las buenas acciones se derivan buenas consecuencias? He empezado diciendo que no siempre es así. No lo rechaces sin pensar, sin analizar tu propia experiencia, ¿o no es cierto que buenas y malas cosas te han ocurrido sin razón aparente?; se te acercó aquel chico justo el día que ibas peor arreglada, aprobaste el examen cuando menos habías estudiado, perjudicaste a tu amigo justo cuando lo que querías era dar la cara por él. Sé que son ejemplos nimios pero si consiguiese yo ser más rigurosa, iríamos desde la experiencia más insignificante hasta las guerras religiosas en las que los dos bandos pretendían salvar a la humanidad, cada uno con su credo, o a la invención de la bomba atómica que “resolvió” y, de qué manera, la segunda guerra mundial.

Consecuentemente, las cosas, las circunstancias, las personas… ¿son como las vemos? (y mira que habrá tantas perspectivas como individuos) ¿o son per se; como son en sí, o no son siquiera y es todo una ilusión óptica o mental?  el sueño de algún alienígena borracho o la ocurrencia de algún dios del Olimpo o de otra barriada de dioses…


Podemos marearnos hablando de estas cosas, a mí me divierte. No sé si llego, o sea interesante, o esté capacitado para llegar a alguna conclusión, ¿quién me lo impide? Discurra lo que discurra, el tiempo pasa inexorablemente y lo mismo le da, al tiempo digo, que duerma, que piense o que me corte las uñas… Últimamente yo lo uso para escribir y publicar mis reflexiones. Dos cabezas piensan mejor que una. Quizá algún día te animes a contarme tu cosmovisión (o microvisión), dudo que sea necesario o mínimamente trascendente, pero lo que es a mí me tendrá muy entretenido mientras descanso de tanto estudio.

sábado, 25 de mayo de 2013

Hay cosas que yo quisiera ver y que sin embargo no veré nunca. El nacimiento de una estrella, una supernova… o su muerte (qué triste suena que mueran las estrellas, suena parecido a la muerte de un ángel, ¿puedes imaginar eso?, si puedes es que eres algo retorcido), el Big Bang hubiese querido ver pero nací tarde para eso…

Como fenómenos astronómicos no están al alcance de cualquiera, pero en el universo de los sentimientos los he visto casi todos. “El nacimiento del amor y su expansión en el cuerpo, en la mente y en el alma de la persona que amas, mezclado con la integridad de tu ser”. Universos que se expanden y se mezclan produciendo fenómenos inefables que ni los poetas entienden.


El ciclo de la vida, ¿o será el de la muerte? determina que la inmortalidad es agotadora y todo lo que nace está llamado a morir, en ocasiones de muerte violenta. Y quien te amaba no te ama más y se separa o te separa de sí, a veces sin aviso, casi siempre sin piedad. Y tu propio universo que ya “no sabía ser solo” se corrompe dando lugar a agujeros negros allí donde todo era luz y color. Agujeros siniestros de antimateria que lo absorben todo haciéndolo desaparecer absolutamente.

La antimateria surge de la ansiedad que el Universo experimenta cuando se pone su infinitud en entredicho, cuando hay zonas de la existencia donde ya no se podrá expandir, que le empujarán, o lo pretenderán por lo menos, a contraerse. “El universo no quiere ser ni puede otra cosa que infinito y eterno”, luego por lógica desaparece (de allí) engullido por su perplejidad ontológica.

¿Para extinguirse, o renacer en otra dimensión más amable, más adecuada, más estable, diferente, diversa y mejor como es mejor la realidad que el recuerdo?

Mueren soles por grandes que sean, mueren estrellas anegadas en los gases tóxicos que les rodeaban o conformaban. Pero el Universo permanece, muta y renace como un organismo perfecto.


Es más que probable que el suceso que os cuento ocurriese solo en mi mente (salvo los desastres naturales en los que la tierra se abre bajo los pies todos ocurren ahí, en nuestra mente a través de la interpretación de lo que “ocurre o a nosotros nos parece que ocurre”), sin embargo me ayudará a analizar algún aspecto del comportamiento humano corriente. Toqué en un evento hace unos días. Preguntando al conserje dónde aparcar me pareció ver pasar a un chico que tocaba con nosotros hace ya algunos años. Lo que sí pasó es como esas veces en las que “no sabes si te han visto o se han dado cuenta de que les has visto y te haces el invisible”. Es muy frecuente, reconócelo, sobre todo cuando como en este caso no nos caíamos bien. No siempre fue así, la relación fue deteriorándose con el tiempo y las actitudes de cada cual.

¿Quién ha dicho que tengas que llevarte bien con todo el mundo? Nadie niega que eso no fuese deseable en un plano teórico, mucho más cómodo que andar a la gresca con este o con el otro. Pero considero preocupante eso de llevarse bien con todos, solo se logra cuando tienes poca personalidad, las cosas poco claras o una relación más bien superficial con la mayoría. La gente, salvo excepciones, es rara, envidiosa, tonta, impertinente, falsa, sosa, inoportuna y cínica… ¡cómo ibas a llevarte bien con tipos así!

Podría extenderme aquí sobre la opinión que ese chico me merecía, no es relevante. El caso es que “terminamos por no llevarnos”. ¿Tendría más razón él que yo? para los efectos da igual. Yo no soy perfecta, no lo era entonces ni lo soy ahora que me parece enterarme más de las cosas. Fue algo que dije, algo que dijo, su actitud, la mía, el más puro desinterés… Por alguna o muchas razones “nadie es para todo el mundo”, ni sería necesariamente mejor si fuese al precio de diluirse por completo.
Cuando ya estaba cambiada para tocar y mezclada entre la gente lo vi pasar de nuevo, “volvimos a ignorarnos”, pero también a la flautista con la que siempre se llevó de perlas. ¡Entonces no era él! Pensé comprobarlo más adelante acercándome donde estuviera sentado pero se me olvidó concentrada como estuve en el trabajo… ¿Cómo era posible que nos ignorase así? habíamos sido sus compañeros y el tiempo dicen que lima las asperezas. ¿Qué se hace en esos casos? la cortesía lo que sugiere es un saludo, un movimiento de cabeza, un hola cómo estás. ¿Pero no estaría él siendo más fiel a sí mismo ignorándonos como si nunca nos hubiésemos conocido? abominando en lo que a nosotros respecta de una etapa de su vida, qué triste ¿no? ¿No has tenido tú ese impulso alguna vez, el de ignorar hasta las últimas consecuencias a aquel o aquella con quien (ya) no irías ni a tomar café?

¿No basta ya de hipocresía?: “¿cómo te va? ¿Qué alegría verte? ¿Qué te vaya bien?…” Qué sacrilegio si es mentira, qué ponzoñoso, qué vacío. ¿No lo veis? Yo preferiría ahorrármelo y que me lo ahorren.

viernes, 24 de mayo de 2013

Autoquiérete

Autoquerernos es la asignatura que la mayoría de nosotros tenemos pendiente, lo que a veces causa dificultades en nuestro día a día; es la semilla que germina victimas, enfermedades tanto físicas como mentales, abusos... en fin, un amplio abanico que cuando nos pilla con inmunidad baja puede destrozarnos; debemos hacerle frente ya que la vida está llena de limitaciones y cuando al final la falta de seguridad (el miedo) gana la batalla a la confianza (amor) dentro de uno mismo podemos llegar a estar muy perdidos con nosotros mismos. De nuestro nivel de autoestima dependerá que empecemos a vivir o sigamos sobreviviendo a duras penas.

Hemos sido adiestrados bajo una estructura contraria a la confianza y a la seguridad en uno mismo y a todo lo que nos rodea, una educación velada opuesta al amor. El miedo es la herramienta más efectiva a corto y largo plazo de lograr el control mental y emocional del ser humano, nos es trasmitido individualmente desde la infancia a través de nuestros padres en muchos casos. Frases familiares como:


“Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer“
“Si no estudias no serás nada en la vida“
“A ver que van a pensar los demás”
”Si no comes no crecerás“
“Si no eres bueno mamá y papá no te querrán”
“La masturbación produce impotencia y descalcificación de huesos”
“Entregarse a los demás es olvidarse de uno mismo”
“Te medirán por tus éxitos“
“Eres lo que tienes”
"Demuestra lo que vales”
“Una pareja ha de ser para toda la vida"
...

La lista llega a ser interminable, limitadora y castrante. Cualquiera que no llegue a cumplirlo (nadie puede lograrlo al 100%) o se salga del modelo establecido, poco a poco irá perdiendo la esperanza en el Amor. Dentro de esta “programación” resulta absolutamente imposible alcanzar la felicidad y la única posibilidad son los “momentos” con los que algunos se sienten ingenuamente afortunados.

La actitud de infundir miedo no es más que la manifestación de un sentimiento de inseguridad y desconfianza propio de quién lo ejerce autojusticándose bajo el velo de un supuesto amor/beneficio para el “controlado”. Querer controlar a través de amenazas es estar transmitiendo al receptor, además de miedo e inseguridad, un mensaje subliminal de “desconfío de tu capacidad”, poniendo por lo tanto en cuestión su autosuficiencia y su valor personal.

"Si con tu actitud me muestras que no confías en mí, me haces dudar de mí misma, y entonces... yo llego a pensar que es verdad que no soy lo suficiente”. En consecuencia….. ¿cómo voy a quererme? ¿cómo voy a valorarme para sentirme segura y hacerme respetar?. Éste es el razonamiento inconsciente que hacemos de niños, la creencia que queda instalada en nuestras capas más profundas de adulto, sin saber que en esos primeros años de vida está la respuesta a nuestra dificultad para Amarnos, Amar y ser Amados.

En definitiva, la educación a través del miedo además de ser una herramienta de control provoca la falta de Amor por uno mismo, de esta forma hemos construido una cadena de “dadores” de baja autoestima que de forma inconsciente trasmiten su propia inseguridad, proyectándola sobre toda persona con la que se relacionan causando así una nueva victima del falso amor. Puede que ésta sea una de las explicaciones de por qué la mayoría de los adultos sentimos carencias de amor en la infancia, a pesar de reconocer haber sido queridos. Así que, la única manera de empezar a corregir una situación que se prolonga y se trasmite como un virus, es modificarla desde la base, de uno en uno, individualmente, y en un tiempo, la educación cambiará a una sociedad de individuos seguros de sí mismos que puedan amarse lo suficiente como para ser inmunes a cualquier nuevo ataque de inseguridad venga de donde venga, pudiendo trasmitir un amor bien entendido desde el suyo propio.

Partiendo de que el concepto que nos han trasmitido sobre lo que es el Amor a uno mismo y a los demás es erroneo, el reto que deberíamos plantearnos a priori sería desmontar en cada uno de nosotros esta programación. No es fácil pero tampoco imposible, ya que estamos hablando de desarticular ideas que se crearon en un principio a nivel mental, por lo tanto modificables, porque no están en tu esencia sino que son aprendidas. Es cuestión de darnos tiempo para desprogramar en cada acto cotidiano esta creencia limitante. Poner consciencia antes de hablar, al escuchar y a la hora de actuar, teniendo en cuenta bajo que propio sentimiento vamos a movernos, es el camino y el esfuerzo que debemos realizar.

Amarse tampoco consiste en adivinar o hacerse una lista de cualidades con las que aumentar nuestro valor, ahí no están las resistencias que nos encontramos a la hora de querernos. El verdadero amor es quererse y querer a la persona que llevamos dentro tal y como es sin excluir sus defectos, es dar y darte la libertad para equivocarte confiando en ti y en el aprendizaje que sabrás obtener, aceptándote y perdonándote los errores pasados como lo harías por cualquier otra persona amada para ti, y empezar de nuevo con una verdadera, real, y alcanzable, oportunidad de VIVIR.


Por todo esto he comenzado a desmontar desde ya la casa del tejado y me he autoregalado este libro... ¿por qué? pues porque sí, porque me quiero y me lo merezco como cualquier otra persona; porque desde hoy voy a empezar a cubrir todos esos huecos deficientes que tengo desde niña y porque si soy capaz de razonar todo esto seré capaz de conseguirlo. Yo podré, ¿y tú?


lunes, 20 de mayo de 2013

¿Qué haría un emperador a la romana, y no me refiero al pescado rebozado, si le diesen a gobernar España, Europa o, ya puestos, el mundo? Los que nacen para ser emperadores, caudillos o jerifaltes están hechos de una pasta especial, les pone eso de mandar y, supongo yo, que casi nunca he gobernado nada, que cuanto más difícil mejor, que así tendrá más mérito su reinado.

Si en eso de pasar a la historia (que es de las pocas cosas que puedes hacer a nivel público después de sojuzgar un pueblo, salvo que te ejecuten o te maten, cosa que ocurría constantemente en la antigüedad, quizá porque no se habían descubierto aun los planes de pensiones, los cargos honoríficos, las asignaciones vitalicias o las cuentas en paraísos fiscales), si pasando a la historia, digo, quieres ser de los buenos, tendrás que acceder al trono moviendo el mobiliario a base de bien, armando un buen escándalo; expulsando de allí al que esté y a todos los que le acompañen.

Habrás de coger el timón del imperio y dar un buen giro, aunque no tanto que des toda la vuelta para llegar al mismo sitio o a retroceder incluso. Pero qué hay que temer: si eres de los que saben “hacer que mandan” lo sabrás explicar y ya si eres de los que “realmente mandan” no tendrás que explicarlo en absoluto.
La fórmula romana era la de “pan y circo”; mientras el populacho tenga el estómago lleno y estén convenientemente distraídos no protestarán o la pagarán con el árbitro, por eso en los tiempos que corren los emperadores pueblan las colas del paro (hasta que las fuerzas fácticas les encuentren empleo, ésta gente lo que es al INEM normal no van), porque el pan empieza a escasear.

En qué momento un emperador, un gobernante, se sentirá más en su papel: ¿en los consejos de ministros, en las cumbres internacionales, en las ruedas de prensa, en el parlamento, de cañas con los amigos, por la noche poco antes de las pesadillas, justo cuando lo dejan o al leer su biografía en las hemerotecas…?

Un emperador a la romana se encontraría muy fuera de lugar en estos tiempos con tantos controles y formas que guardar.

… Dónde estarán los Casillas, Nadal, Alonso o Gasol, todos estos tan buenos y durante tanto tiempo en lo suyo, pero en versión política. ¿Por qué los del circo no se pasan a la producción y el reparto del pan? ¿por qué nos habrá tocado vivir en este país de circo y pandereta?
De dónde vendrán el talento y la inspiración. Quizá de sitios distintos. Dos socios condenados a coincidir y hasta a entenderse en la cabeza de alguien o de muchos. Ya decía yo una vez, que soy muy de decir cosas, que bien pudiera ser cualquiera su anfitrión a poco interés que se ponga: un cartel grande que diga “posada aquí”. Me relaja pensar así, lo contrario parece tan injusto.

¿Nace el genio o se hace? Afirmo que los hay que nacen y por descuido suyo y ajeno terminan pareciendo tan vulgares o más que el resto (geniales en la vulgaridad, números uno en eso; desconfía de algunos indigentes que te encuentres por la calle) y los hay también que se hacen, hormiguitas con más ambición que talento que trabajan y medran y llegan como en aquella película de dibujos animados, Antz se titulaba, a emparentarse con la realeza.

Lo que me seduce más lo pensaba ayer desde el libro infumable de Millás que estoy tratando con todas mis fuerzas de acabar, algo que nunca creí tener que decir de este autor, y cuyo título es Visión del ahogado (te ahogas leyéndolo). Es que en términos de literatura, por ejemplo, las palabras están ahí para todos, lo único que haría falta es juntarlas con gracia para producir el sortilegio. Lo mismo pasa con la pintura, ¿o no hay tiendas donde comprar los lienzos y los mismos colores o mejores que las que usaban Velazquez, Murillo y Sorolla? O las notas musicales, yo misma tengo un piano en casa y de vez en cuando tiempo libre, podría componer la 10ª de Beethoven, continuar donde él lo dejó…

Miremos por enésima vez las cosas desde la perspectiva opuesta o desde una distinta por lo menos. Millás es un autor que me encanta. Se ve que encontró el estilo o el filón, por lo menos el que a mí y al resto de sus lectores tanto nos gusta, después de mucho vivir y practicar. Pensaba, y es tremendo, que si este que leo ahora hubiese sido el primero en caer en mis manos difícilmente me hubiese animado a leerle ningún otro, lo que habría supuesto una pérdida para mí, os lo aseguro.

¡Pero sigue siendo Millás!, aunque me cueste a mí reconocerlo, que al contrario que con el resto de sus novelas no hay párrafo que me cautive o no me chirríe. Supongamos que tengo razón y que el estilo es distinto y funciona peor, ¿es menos Millás por eso? Ojo, ¿somos menos nosotros en el desacierto, en el error o en el camino de ser aquello que queremos ser?, definitivamente no.

Es muy improbable que este autor alcanzase el nivel que ahora tiene de no haberse ahogado en novelas como esta que, por cierto, siendo mucho peor que sus hermanas me inspira a mi esta reflexión. Los más débiles, nuestras propias debilidades son las que necesitan más cuidados, más atención y más indulgencia.

Ni tú ni yo somos genios, lo sabríamos ya, pero muchos de los considerados genios no siempre lo parecieron, mira Van Gogh. Apuesto como él, el lóbulo de mi oreja, a que si seguimos practicando, practicando de verdad, publicándolo incluso como Millás, que se nos vea el plumero, lograremos alcanzar nuestro mejor nivel, uno que no tendrá parangón porque, genios o no, lo que en todo caso somos es: únicos.
No hace ni un par de días que conduciendo mi coche rumbo a Murcia recordaba una época lejana en la que no conducía, me parecía imposible que yo me atreviese alguna vez a hacerlo, viniendo tanto coche de frente por carreteras tan estrechas.Luego, casi como todo hijo de vecino, me saqué el carnet y a la primera, pura suerte. Ya pensaba en aquella época que esto del carnet, con el tiempo que te quita, la ansiedad que te provoca, tanto test, tanta academia y tanta maniobra, era lo más parecido a pasar el sarampión.

Disfrutaba ayer tomando las curvas de una carretera nacional con muchísima soltura. Cómo cambia la perspectiva de las cosas pensé, hace muchos años que uso el coche “para lo que es”, para desplazarme de un sitio a otro; como un instrumento, digámoslo así, para continuar con mi vida, desplazándome aquí, allá y acullá. El coche perdió protagonismo y ocupó su lugar en mis actividades corrientes; salvo cuando me multan por esos aparcamientos inoportunos…

Salvo que seas un profesional del gremio del automóvil, o muy nuevo, o muy torpe conduciendo, de seguro que también el coche para ti será un buen medio de locomoción y ya está. ¿Por qué, y esta es la cuestión, no nos pasa lo mismo en otras áreas de la vida, que giramos en torno a ellas una, y otra, y otra vez como si estuviéramos aun en “la academia de la cuestión de que se trate”? ¿Cuándo, respecto de algunas parcelas “vitales”, y pondré ejemplos enseguida, seremos capaces de quitarnos la “L”, comprar el modelo que nos gusta, asegurarnos de tener el depósito moderadamente lleno y ninguna multa pendiente?

Te hablo de las relaciones sentimentales, familiares, amistad, de tu situación laboral, de la anímica, de la económica y de tantas otras en las que, sin poderlo evitar, seguimos como en la autoescuela, “renovando papeles, suspendiendo una y otra vez”. Recuerdo la época en la que usaba un PC y me tiraba más tiempo saneándolo (el sistema operativo, los virus, las incompatibilidades con impresoras y demás periféricos) que usándolo para lo que era. O como cuando tratas de aprender inglés y cada vez que hablas el idioma es para decir lo mismo: “I speak a little bit but I´d like to improve day by day…”, de manera que no terminas de soltarte nunca y eres el eterno estudiante de inglés. O como cuando toco la trompeta y es si llegaré a dar el agudo, si estoy bien de sonido, si se me estará oyendo y tantos otros detalles los que me preocupan, distintos de interpretar la obra sin más. Respecto de esa y de otras, “hablas más de la actividad en sí, te enredas y giras en torno a ella pero sin llegar a acoplarla a tu vida con naturalidad para implementarla, junto con las otras, seguir adelante y ser quien tengas que ser hasta las últimas consecuencias”. No un amateur, sino un “experto profesional” de la vida. ¿Por qué en algunas parcelas de nuestra existencia seguimos con la misma ansiedad del principiante, del inexperto o del delincuente (como el que conduce un coche robado o se salta todas las señales de prohibición y conduce como un loco)…?

¿Por qué empleamos toda una vida, que sólo hay una que se sepa, en torno a una cuestión o dos o tres; …a mal traer con tu marido o con tu mujer, con ese amigo que te ignora, con un trabajo que no te gusta y en el que no te pagan bien? “Empeñándote” en tal o cual cosa, persona o actividad, un día y otro día “sin sacarte jamás el carnet”…

Resuelve, cambia o abandona, amigo mío, ¿hasta cuándo repetirás curso? ¿A dónde se supone que deberías llegar? ¿dónde te estarán esperando a que llegues como sea, en coche, motocicleta, sidecar, o a pie…? Sal ya de la academia, o bájate de esa burra parda que no te lleva a ningún sitio. Deja de hablar de lo que haces, de lo que hiciste y de lo que harás y hazlo, que después de esa etapa vendrá la otra y la otra y la otra, sin más límite que el que tú te quieras fijar, o el que dicte la carretera, el vehículo que consigas y el combustible que puedas comprar.
“Espejo espejito, ¿soy yo la más guapa del reino?”, preguntaba la reina del cuento con la mirada perdida, luego de haber sido desahuciada por su psiquiatra de siempre, quien le diagnosticó una esquizofrenia aguda y un notorio problema de ansiedad. Qué mal tienes que estar, o qué ficticio tienes que ser, para andar preguntando esas cosas a los objetos. Claro, como en el fondo sabes que no te van a contestar, y que el que calla otorga. ¿Qué más dará si eres o no la más guapa?, después de todo no te habrán nombrado reina por eso, ni te quitarán la corona cuando te salgan las patas de gallo, salvo que lo que tú pretendas es ser una reina de la belleza, que es uno de los reinados más efímeros que existen.


Lo que ocurre es que la realidad supera a la ficción, y en la vida real todos tenemos un espejo y varios objetos más, hasta “hombres y mujeres objeto” conocemos, que nos responderán justo como esperamos que lo hagan a toda suerte de preguntas cuya auténtica respuesta nos negamos a enfrentar. Después de todo, si queremos tener una idea de cual es nuestro aspecto, de qué es lo que puedan estar viendo los demás y si coincide con lo que nosotros vemos, necesitaremos mirarnos en los espejos y en las personas que nos rodean; por lo que “dicen” de nosotros y lo que “nos dicen” de todas las formas posibles: directa, indirecta, expresa, gestual y tácitamente.


Hay quien se mira constantemente no sólo en los espejos sino en cualquier superficie reflectante. No precisamente porque se sientan guapos y quieran regodearse en su aspecto, puede ser por todo lo contrario, por tratar de asegurarse de estar lo más favorecidos que puedan, vestidos para la ocasión y dando su mejor perfil. Hay quien no tiene espejos en su casa y evita cualquier posibilidad de enfrentarse a su imagen, por más que la tecnología aumente a cada paso la posibilidad de vernos a través de mil aparatos distintos, ¿sabes qué? a algunos sólo los retratarás sin su permiso y quizá salgan más naturales que tú y que yo con tanta pose.


Mírate, ¿qué ves?, como no busques una foto o un espejo, lo único que verás teniendo los ojos donde los tienes será (haz la prueba) parte de la nariz, el morro si lo proyectas y todo lo que queda debajo de tu cuello; los hombros, uno cada vez, el pecho, la tripa, los brazos, las manos, tus genitales (menos mal), las piernas, los pies, parte de la espalda, el culo y no entero, y tu tren inferior por detrás. No me parece mucho. Equivale a una auténtica cámara subjetiva. Parece que nos han metido en un videojuego o dentro de una “cámara humanoide” para hacer un reportaje, no breve precisamente, y bastante repetitivo, de nuestra vida con sus gentes y circunstancias. Apasionante, ¿verdad?, inquietante diría más bien; ¿Por qué yo? ¿por qué han pinchado mi cámara? ¿por qué me han escogido precisamente a mí?... ¿quién?, ¿o quiénes? y ¿para qué concretamente?

Lo primero que hace “un personaje de película que se precie” cuando despierta y no recuerda quien es, es buscar un espejo para mirarse y, por cierto, casi nunca estar de acuerdo con lo que ve. Tú y yo haríamos, de hecho hacemos lo mismo, varias veces a lo largo de la vida. ¿Quién soy? te preguntas… ¿ven los demás lo mismo que veo yo? ¿Por qué parece no concordar tanto lo que veo ahí con lo que siento aquí dentro?, ¿soy la más guapo del reino?, claro, una de las que más, seguro, entre tú y yo está la cosa.


Dicen que queremos mejor, o apreciamos y frecuentamos más, a aquellas personas que mejor imagen nos devuelven, más acorde quizá con lo que pensamos de nosotros mismos. Eso si notamos la diferencia y podemos escoger. Buscaremos reflejarnos mejor en esos “espejos” que en otros que resulten opacos, lo que equivaldría a aquellas personas que ni reparan en ti, u otros que nos devuelvan la imagen distorsionada, fea o dura, que serían los que nos tratan mal o tienen un concepto de nosotros que no nos gusta, sea real o no. No es pequeño el matiz, no es lo mismo buscar quien mejor devuelva nuestra imagen que el que nos devuelva una imagen mejor, si llegaran a ser distintas. Quizá la autocomplacencia, el querer vernos y sentirnos bien a toda costa, sin trabajarnos un poco más la imagen, nos lleve a alejarnos de quienes nos la devuelven más cruda, más real y menos laudatoria. Cuidado, la mejor manera de asegurarse de cuál es nuestro aspecto, digo “aspecto habitual”, que es aquello que se ve, el de batalla, y no digo ser o esencia o alma que pudiera no estar viéndose, incluso no aflorar jamás, es mirándonos en más de un espejo.


Porque los hay, como las personas que nos rodean, de todos los tamaños y superficies. ¿Recuerdas la sala de los espejos del parque de atracciones?, quizá si el ambiente en el que nos movemos es reducido, homogéneo y peculiar (el ámbito familiar, el pueblo, tus amigos de siempre, tu país, tu cultura…) terminemos por creer que somos así de espigados o rechonchos donde quiera que vayamos, siempre en sentido figurado lo digo; así de largos, de cortos o de divinos, como el tuerto, que de los ciegos es el rey.



Puedes huir de los espejos, aislarte, despreocuparte o emborracharte de tu exclusiva opinión, mal. Puedes estar mirándote en la superficie de una cuchara, en las ventanillas de los coches, en sucios escaparates o en uno de esos espejos que ocupan entera la pared, qué gozada, puedes reflejarte en un lago de aguas claras y tranquilas, hasta en el mar te podrías mirar. Qué reflejos tan distintos, tan interesantes y tan compatibles, no deberíamos renunciar a ninguno de ellos. Todos juntos nos devolverán una imagen más justa.


Prueba a mirarte en el espejo con alguien que conozcas bien, hazlo hoy, la imagen que tu pareja (o si no la tienes pues tu mejor amigo) ve todos los días; la suya, te resultará extraña a ti, él se ve siempre al revés; su lunar, el colmillo que le asoma o la raya del pelo en el otro lado. Pregúntale a él cómo te ve a ti. ¿Sabes cómo se corrige eso? enfrentando un espejo con otro, como en algunos probadores o en los baños de algunas casas. Como en la vida misma. Busca el mejor espejo posible, aquel que parezca devolverte la imagen más fiel, mírate en sus ojos, ¿qué ves?... a quien tú crees ser, unido a quien aquel cree que eres, a ti, buenamente corregido, sin la sombra de soledad que tanto altera tus gestos.


—“¿Cómo era Narciso?”, le preguntaron al lago en el que se miraba a diario.
— “No lo sé”, respondió, “pues cuando él se asomaba para verse, era a mí a quien yo veía en sus ojos reflejado.”

domingo, 12 de mayo de 2013

Suena fatal lo del egoísmo y la autosuficiencia, por eso, como se va viendo lo necesarias que son, les van encontrando otros nombres menos sospechosos del tipo autoestima y autogestión emocional que, al contrario que aquellas, se reconocen imprescindibles para la vida moderna y el desarrollo personal. 


¿Qué ocurre cuando sabes o te temes que no estás invitado a la misma fiesta que alguien y se te queda un aspecto de cordero degollado? En realidad no me extraña que se te quede ese aspecto, querer ir a un sitio con tu pareja (no me refiero a mí, aunque no estorbaría tampoco a la reflexión) y que el otro se empeñe en ir sin ti o acompañado de tu ausencia puede llegar a ser un trago muy amargo.


No termino de averiguar cómo funcionan vuestras cabezas, lo que es en la mía suele haber siempre un plan ideal, o versiones ideales de los planes que uno va haciendo o van surgiendo. Si la persona de la que hablo es como yo su plan ideal se estaría haciendo añicos, pues se notaba que consistía en formar parte de la fiesta que iba a celebrarse sin ella. Pero si fuera aún más como tendría que ser habría encontrado poco después del lógico berrinche uno, dos o seis planes alternativos.


Amigos míos, la cápsula de hoy consiste en: Tener vida propia (encontrar y hacer valer el título de propiedad de tu vida), lo que necesariamente incluye cuerpo, mente, contexto, planes y alternativas propias y privativas que eventualmente incorporen de manera natural o previa invitación a quién lo sepa apreciar y disfrutar.


Quiere decirse, a aquellos que se encuentren en zona de peligro, que somos la mayoría… ¡salgamos inmediatamente del contexto geográfico, físico y, sobre todo, emocional y mental en el que uno no es individuo sino cosa susceptible de ser abandonado! Esto es: “me encantaría estar contigo, pero si tú no quieres o no te apetece casi es mejor que te vayas o que me vaya yo que tengo mis cosas que hacer.” (o mi tiempo y hasta mi energía que perder en otro sitio).


¿Suena mal?, suena saludable a medio y largo plazo. Salvo que te guste el síndrome del muñeco de trapo y malgastar la vida con quien no se entera de la gran noticia; y es que has llegado TÚ, un ser descomunal. Me refiero a ti. Este blog no lo siguen seres insignificantes, no sabrían de lo que hablo, ni preguntarían tampoco.

Distingamos bien los amores tangibles de los intangibles, los prácticos de los desastrosos, los útiles de los inútiles, los ilusionantes de los descorazonadores. Los compatibles de los que no lo son, los perdidos de los imperdibles, los impuestos de los deseados, los románticos, novelescos, literarios y líricos, de los reales, realistas, cotidianos y pedestres. Los que valen la pena (la pena que te hacen experimentar antes o después) de los que dan pena los mires por donde los mires. Los compartidos de los mal repartidos, los envidiables de los envidiosos, los pasajeros de los arraigados, los platónicos de los aristotélicos. Los de verano de los de invierno, los imposibles de los inevitables, los irrompibles de los que se caen a pedazos, los simples de los compuestos, los absurdos de los lógicos, los unilaterales de los bilaterales, los cerrados de los abiertos, los compartibles de los cerriles, los generosos de los egoístas, los hacia afuera de los hacia dentro. Los indefinidos de los concretos, los continuos de los intermitentes, los transparentes de los opacos, los brillantes de los oscuros, los alegres de los tristes, los expansivos de los contraídos, los centrífugos de los centrípetos, los demoníacos de los angelicales, los humanos de los inhumanos, los lógicos de los ilógicos. El filial del romántico, el primero de los subsiguientes, del actual o del último (del que vaya a ser el último que no sabemos cual será sobre todo si tenemos en cuenta que la experiencia nos dirá a posteriori si aquello fue amor o fue otra cosa)…


Hay amores que matan y otros que dan vida, ¿es justo llamarles amor a ambos? si del amor el fruto no es amor, ¿será digno aún de tal nombre?, yo creo que no, pero no me hagas caso. A quién consultaremos sobre eso, ¿a uno que haya amado mucho?, ¿a otro al que hayan amado mucho?, ¿a dos que se hubieran amado recíprocamente con el mismo amor?, ¿es eso posible? ¿o cada uno con el suyo?, es posible también. Qué lío.


¿Te amo a ti?, lo que tú eres, lo que tú supones, lo que tú quieres (aunque no coincida del todo con lo que quiero yo o con lo que quería antes de quererte) ¿o lo que amo es el amor que me tienes, o el que generas en mí, o el que en mi se genera por tu causa (a veces sin tu conocimiento)? o cómo me hace sentir amarte y tenerte cerca o dentro de mi mente, de mis entrañas, de mi ambiente, de mi mundo, de mis ilusiones y proyectos, de mis dominios, de mí simplemente (y me refiero a mi simpleza).


¿Llegamos a mezclarnos tú y yo o solo a estar muy cerca? ¿quién envolvió a quién, quién convenció al otro, quién imitará al otro, se plegará al otro? o ya no se sabe quién es quién porque ninguno es como era: es él y el otro, el otro y él, otro ser, nuevo, distinto, mucho más grande, la fusión de dos que si en trozos los partieras seguirían siendo eso, dos en estado de estarse amando.


No se me ve en ti ahora que estamos lejos, mal asunto. ¿Sabrías explicar quién soy? Quizás no porque ya no estoy ahí, el amor podría haber muerto...y si el amor muriese yo moriré con él...

sábado, 11 de mayo de 2013


Esta página es reflejo de mi personalidad, supongo. En mi vida diaria soy de lo más comunicativa; locuaz para algunos, charlatana para otros, o para los mismos cuando ya están aburridos de oírme. Como pasa con todos los defectos, aquel quelos tiene es el que menos lo reconoce, eso da un poco de miedo. Ser tonto y no llegar ni a sospecharlo siquiera, esa es la descripción de la necedad, ¿no?

Tengo entonces, y soy consciente de ello, luego mi charlatanería no es la de una necia, una tendencia irrefrenable a contar lo que me pasa en la vida y por la cabeza. Sin embargo voy aprendiendo, muy poco a poco, a seleccionar y hasta a esperar para contarlo, como ocurre con lo que voy a anunciaros ahora: he dejado de fumar. Ojo, esto también podría decirlo sin mentir el fumador que acaba de apagar su cigarrillo, no en vano se dice que dejar de fumar es fácil, hay quien lo deja varias veces por semana. Leed bien: he conseguido dejar de fumar, por fin, de hecho hace unos meses que no fumo ni un solo cigarrillo. Pero lo que me hace pensar que lo he dejado del todo es que ya no soy ni consciente de cuando los demás fuman, he desarrollado, quizá sea más correcto decir, se ha desarrollado en mi mente una especie de inmunidad al tabaco. Qué suerte. Y qué alentador.

A mí fumar me gustaba, de hecho era el tipo de fumadora que conjugaba correctamente ese verbo. Nunca lo he hecho mientras escribía en el ordenador, por ejemplo, trataba de darle al cigarrillo su momento. Además, los que me conocen lo saben, el humo era importante para mí, expulsarlo por la nariz, por la boca haciendo aros casi en cada calada, más rápido, más despacio. Fumaba con delectación, cosa que resultaba imposible en la calle, que es donde más fuma la gente ahora. Era, fijaos que oximoron: una buena fumadora. No, lo que yo era, como mucho, es una fumadora menos mala que aquellos que encienden el cigarrillo con la colilla del anterior y le van imponiendo sus humos a la gente.

Cabe preguntarse ahora cómo lo conseguí y la respuesta, por desgracia, es que no lo sé, no del todo por lo menos. Un poco por saturación, no fue de manera gradual. Acababa de comenzar inconscientemente una nueva etapa de muchos cambios y fue la oportunidad perfecta para animarme a expulsarlo de mi vida para siempre. Últimamente vivía días muy intensos tanto a nivel laboral como personal y estaba llegando a un punto que fumaba más de lo habitual. Los cambios en mi vida me hicieron experimentar sensaciones de las que no estaba acostumbrada y creo que aproveché esas sensaciones para mover algunos muebles en mi cabeza. Moviendo y moviendo debí dar con el interruptor del tabaco y ¡click!, lo puse en off. ¿Así de maquinales seremos? ¿de extremistas? ¿de contundentes? No, normalmente no, no en mi caso que peco más de blanda que de lo contrario y todo me viene bien y voy dando bandazos, cambiando de tema, de actividad, de obsesión, precisamente para evitar tomar decisiones. Dónde estará el interruptor de las conductas erráticas, detrás de qué mueble, camuflado con qué. Lo sé, con algo que me despiste completamente, disfrazado de lo contrario, ¿no me habéis oído decir eso de que soy responsable de mis actos y de mis omisiones?, detrás de eso está mi indisposición absoluta a decidir nada. ¡Oh!

Ya no puedo, ni quiero, celebrar este descubrimiento con un cigarrillo, como en la frase «por lo bien que lo hemos hecho cigarrillo pal pecho». Ni haré como aquella amiga que decía y dirá: «espera, me fumo un cigarrillo y voy». «Tampoco esperaré fumando al hombre que yo quiero», pues ni espero a un hombre ni mucho menos que fume con lo que adultera eso el sabor de los besos. Qué suerte para mí haber dejado de fumar y haber sido capaz también de esperar unos meses para celebrarlo como algo serio con vosotros.